jueves, 11 de diciembre de 2014
Joaquín Sorolla, gurú de la moda en la exposición “Vestidos para posar”
Eduardo Viladés,
MQMP.- El Museo de Bellas Artes de Valencia lleva una temporada que tira la
casa por la ventana con interesantes retrospectivas que MQMP no se ha perdido.
Una de las más curiosas es “Vestidos para posar”, imprescindible si uno se
acerca a la capital de Turia estas Navidades.
Supervisada por
Victoria Liceras, responsable también de la muestra “Moda, ¿octavo arte?” de la
que Magazine MQMP informó puntualmente, “Vestidos para posar” acerca al
espectador actual a la sociedad del cambio de siglo XIX-XX desde una de sus
producciones culturales más atractivas: el traje.
Opta por un sistema
muy sencillo y atractivo. A partir de ocho obras de Joaquín Sorolla, presenta
16 trajes que trasladan al visitante a ese periodo de transición cuya
indumentaria nos causa hoy en día especial fascinación porque todavía
consideramos como propios los objetos y trajes de nuestros abuelos.
El mariñaque
Durante el siglo XIX,
las formas básicas de las prendas de vestir siguieron siendo las mismas que
durante el siglo anterior, pero la ornamentación dejó de ser tan exagerada y
los diseños se volvieron más sencillos.
A finales de los años
50 las faldas sufrieron un cambio drástico. Gracias a la invención de nuevos
materiales, apareció el miriñaque o enagua con aros. En la década de 1840 el
término “miriñaque” o “crinolina” se refería a las enaguas hechas de crin de
caballo tejido con lino resistente.
Pero después de 1850,
el término se utilizó para designar a la enagua con armazón de aros metálicos o
de ballena o cualquier falda ancha que llevara uno de esos armazones. Con la
llegada del miriñaque, las faldas se hicieron extremadamente anchas. El
desarrollo del cable de acero, los importantes avances de la industria textil y
el uso práctico de máquinas de coser facilitaban que los miriñaques pudieran
ser todavía más grandes. La continuada mejora de telares y tintes hizo posible
una amplia variedad y cantidad de materiales para faldas.
Sorolla
La pintura, sobre
todo el retrato de la época, es una herramienta excelente para revisar, como si
de un álbum de fotos se tratase, la ropa de aquellos tiempos. Nos acerca a la
sociedad del momento, al menos al pujante grupo que podía permitirse encargar
retratos a un pintor como Joaquín Sorolla.
“Vestidos para
posar” puede contemplarse tanto en el Museo de Bellas Artes como en el Centro
del Carmen, donde se ha preparado un montaje a partir de retratos de Sorolla
como El retrato de Silverio de la Torre y Retrato de Señora, este último de la
Colección Gerstenmaier.
La exposición recoge 16 trajes que recogen la indumentaria de la
época a partir de ocho obras del pintor valenciano. Intenta mostrar qué veía
Sorolla cuando pintaba sus retratos, cómo era la realidad que observaba. Hay
vestimentas que representan a personajes que no tienen fecha ni lugar, otras de
retratos historicistas del siglo XVIII, un recorrido por el final del siglo XIX
y algunas obras que recuerdan la indumentaria de los felices años 20.
El polisón
Seguimos haciendo un
poco de historia. A partir de mediados del siglo XIX la mayoría de los vestidos
constaban de dos piezas separadas, un corpiño y una falda. A medida que
transcurrían los años, se incrementó el uso de ornamentos y detalles,
añadiéndose complicados adornos a cada uno de los pliegues de la vestimenta.
Como resultado, la silueta natural de la mujer desaparecía debajo de las telas
y los encajes.
A partir de la década
de 1860, las faldas perdieron volumen en su diámetro total, la parte delantera
quedó plana y la posterior ganó en grandeza gracias al apoyo de una prenda
interior llamada polisón. El polisón era una almohadilla colocada sobre el
trasero, para realzarlo. Las faldas y las sobrefaldas se solían recoger y
llenar de vuelos y encajes en forma de cascada. Con solo unos pequeños cambios
en los detalles, el estilo polisón continuó hasta los años 90 del siglo XIX.
María Clotilde
Volvemos a Sorolla
porque uno de los retratos estrella de la muestra es el de María Clotilde (abajo). Se
expone junto con un traje de algodón rojo compuesto por una falda acampanada y
jubón ancho de cuello alto, cerrado en espalda y ceñido a cintura, con mangas
tipo globo.
No hay que olvidar el
retrato de Carlos Urcola con su hija Eulalia (abajo), para el que se ha configurado un
traje masculino y otro de niña de organdí de algodón estampado y pequeños
volantes.
El cuadro de Pilar
Elegido (abajo) se acompaña de una mantilla española de seda de color blanco marfil en
encaje tipo Granada.
Junto a estas creaciones también hay obras en las que el
esplendor del traje regional y el dieciochesco es el protagonista, como Grupa
valenciana, Boceto de cartel para el diario El Pueblo o Figuras de casacas
jugando en un jardín.
La Belle Epoque de la transición
Hasta comienzos del siglo
XX la moda femenina fue incómoda a consecuencia de la utilización del corsé,
que apretaba todos los órganos internos. Muchas mujeres se convertían en meros
objetos decorativos.
El ideal de belleza
femenino debía ser de pecho erguido y abundante, caderas anchas, cintura muy
afinada y nalgas exageradas. Así surgieron las mujeres con forma de “S”, que
ajustaron las faldas, recogieron el pelo sobre la cabeza con complicados
peinados y adornaron sus enormes sombreros con plumas, haciendo además juego
con la estética modernista.
A finales de este
periodo comienza a aparecer un nuevo tipo de mujer, por primera vez creado por
ellas mismas. Una mujer independiente, que luchaba por el voto y por entrar en
el mercado laboral. Para ellas la vestimenta se fue simplificando y la excesiva
ornamentación desapareciendo, dando lugar al traje sastre de dos piezas, más
adecuado a las nuevas necesidades.
Fin del corsé
La revolución
industrial había agilizado la producción de bienes. Las clases sociales más
acomodadas e incluso las incipientes clases medias adquirían numerosas piezas y
complementos de vestir. Se crearon numerosos tipos de prendas interiores
adecuados a los nuevos vestidos. Además de la camisola, aparecieron las calzas
largas o calzones, así como las enaguas y toda la ropa interior femenina se
llenó de encajes y adornos.
Los miriñaques,
polisones y corsés, todos ellos imprescindibles para la silueta esculpida del siglo
XIX, se reconvirtieron en nuevos modelos con dispositivos e inventos novedosos,
muchos de los cuales fueron patentados.
La Primera Guerra
Mundial desmanteló los antiguos sistemas y valores sociales. El surgimiento de
una pujante clase media dio pie a un nuevo estilo de vida. Los diseñadores de
alta costura pusieron especial empeño en crear nuevos tipos de indumentaria. El
nuevo estilo garçonne, que a la vez era cómodo y disminuía las diferencias
entre hombre y mujer, comenzó a introducir el pantalón como prenda femenina,
aunque éste no se popularizó como prenda de vestir hasta después de la Segunda
Guerra Mundial.
Sorolla, modisto
Poco se sabe del amor de Sorolla por la moda, pero existen varios
documentos que aseguran que para él era bastante importante. Se cuenta que
durante su estancia en Barcelona escribía cartas a su mujer contándole cómo
vestían las señoras catalanas en la ciudad condal. Y que una vez que tuvo que
hacer un retrato al escritor Ramón Pérez de Ayala, fue el mismo Sorolla quien
le aconsejó en materia de estilismo. Al parecer se lo encontró por la calle vestido de modo informal. Cuando Ramón le
dijo que al día siguiente le vería para el retrato, Sorolla le comentó que
acudiese a su despacho justo cómo iba vestido porque le daba un aire de monje
que quería plasmar en su creación.
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