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¡Más que mil palabras!

viernes, 17 de octubre de 2014

Protección contra el mal ajeno




Eduardo Viladés, MQMP.- El título de este reportaje parece sacado del prospecto de un medicamento. Y quizá para ella lo era. Muchas frases que ahora se han convertido en historia se atribuyen a Audrey Hepburn en relación con su modisto de referencia, Hubert Taffin de Givenchy, pero quizá ésta es la más peculiar. Vulnerable, frágil y delicada, estar en el punto de mira siempre fue un quebradero de cabeza para la oscarizada actriz. Gracias a las creaciones de Givenchy, decía sentirse protegida e inmune a las miradas de quienes no la querían bien. En este sentido, muchos famosos han coincidido en decir que las prendas de Givenchy tienen algo de amuleto.




Audrey Hepburn es condición indispensable para entender la muestra que el próximo 22 de octubre se inaugura en el Museo Thyssen de Madrid sobre la trayectoria del modisto francés Hubert de Givenchy. El propio diseñador, de 87 años, se ha encargado de supervisar personalmente la exposición, la primera en su historia que realiza el centro de arte madrileño sobre un icono del mundo de la moda.




Carmen Cervera se ha esforzado en ofrecer un enfoque excepcional de las colecciones de Givenchy a lo largo de medio siglo, desde la fundación en 1952 en París de la Maison a su retirada profesional en 1996. 






A Audrey la conoció en 1953, poco después de que la actriz ganase el Óscar por Vacaciones en Roma, y no dejo de vestirla hasta su muerte en 1993. Sus vestidos para Sabrina (Billy Wilder, 1954) o Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961) son ya todo un clásico. El traje de Audrey en la adaptación de la novela de Truman Capote es ya un icono del siglo XX. El modelo, subastado por una cantidad millonaria y actualmente propiedad de Ralph Lauren, ha sido considerado como el más bello de la historia del cine. Sus líneas depuradas ensalzan la figura femenina y son ideales para realzar los complementos.




Vamos a disfrutar de este vídeo que repasa algunos de los trajes que Givenchy confeccionó para Audrey Hepburn. Comienza con los títulos de crédito de “Charada”, auténtica revolución en 1963 cuando el filme fue rodado por Stanley Donen. La música, de Henry Mancini, es ya todo un clásico. 



Givenchy diseñó también vestidos para alguno de los personajes más relevantes del siglo XX como Jacqueline Kennedy, la duquesa de Windsor o Carolina de Mónaco.





Creador del concepto prêt-à-porter en 1954, fue también el ideólogo de la famosa blusa Bettina o el vestido saco. La blusa fue un modelo lanzado por Givenchy que debe su nombre a la maniquí parisina Bettina Graziani, que trabajó en exclusiva para el diseñador en el decenio de los 50. Confeccionada en tela de camisa, con cuello abierto y amplio y mangas adornadas con bordado inglés, estuvo varios años en boga y fue muy copiado en Europa y en Estados Unidos.



El vestido saco fue otra de sus contribuciones, un traje extremadamente sencillo y sin adornos que oculta la silueta de la mujer y la deja ser ella misma.  Parece mentira que aquel joven que llegó a París poco después del final de la II Guerra Mundial haya creado una de las firmas de moda más importantes del mundo. Su familia, aristocrática (Givenchy tiene el título de conde), no veía con buenos ojos que Hubert se dedicase a la confección y le habían educado para que fuese abogado (Armani, por ejemplo, es médico). Para escapar de la presión paterna, se escapó a París, donde se matriculó en la Escuela de Bellas Artes.





No le fue nada mal y en 1952 abrió su propio taller. Eran los años prodigiosos de la moda, justo cuando empezaba a triunfar el New Look de Christian Dior. Los maestros de Givenchy durante ese periodo quitan el hipo: Elsa Schiaparelli y Cristóbal Balenciaga. De la italiana aprendió el tesón y la innovación. Del español, la perfección absoluta en el patronaje y cuidar hasta el mínimo detalle. Givenchy, de hecho, es miembro del patronato que supervisa el Museo Balenciaga de Guetaria (Guipúzcoa).






Hasta el año de su retirada, en 1996, creó un antes y un después en el modo de concebir la moda en todo el mundo (En Estados Unidos se consagró después de que en 1953 la modelo Liz Benn luciese un bañador de la firma en la portada del número de julio de Vogue USA).




A finales de los años ochenta, la marca pasó a manos de LVMH. Poco después Hubert dejó su cargo de director creativo y fue remplazado por John Galliano. A Galliano le substituyó un jovencísimo Alexander McQueen, que estuvo al frente de la maison seis años hasta que la dejó para montar su propia empresa en Reino Unido.



El encargado de reemplazarlo fue Riccardo Tisci, un italiano graduado en Central Saint Martins que ha sabido modernizar el legado de Givenchy sin que por ello pierda un ápice de la carga mágica a la que aludía Hepburn. Tisci entró en la firma en 2005 y parece que va por el buen camino, al menos desde el punto de vista de las ventas globales.







La exposición sobre el diseñador francés podrá contemplarse hasta el 18 de enero de 2015 en el Museo Thyssen. Reemplaza a la muestra prevista sobre Valentino, que finalmente se ha cancelado al no llegar a un acuerdo el centro madrileño con el modisto italiano. Con la retrospectiva sobre Givenchy, el Museo Thyssen se suma a lo que ya han hecho otras grandes instituciones del mundo como el Metropolitan Museum de Nueva York, el Pushkin de Moscú o el Bourdelle de París: acoger a la moda como el octavo arte con mayúsculas.

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